7 de julio – 1952: Pío XII consagra Rusia al Corazón Inmaculado de María

María, una mediadora ante el Mediador

@ SICDAMNOME, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
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Dios ha visto nuestra indignidad e incapacidad para acercarnos a él, porque lo más íntimo de nuestro ser está tan corrompido que, para llegar a agradarle, todas nuestras obras, industrias y preparativos tienen poco peso ante él. Para tener acceso a la Majestad, debemos aparecer respaldados e investidos con los méritos de un perfecto abogado y supremo mediador. Este abogado, este supremo mediador, es y solo puede ser Nuestro Señor Jesucristo. ¿Pero no necesitamos un mediador ante el Mediador mismo?

¿Es nuestra pureza lo suficientemente grande como para unirnos directamente a él y por nosotros mismos? ¿No es él Dios, en todo igual a su Padre? San Bernardo nos muestra el camino seguro y firme, y nos dice que “es por María que Jesús vino a nosotros, y es por ella que debemos ir a él”. María es nuestra Madre, la que recibe la luz divina y la templa para adecuarla a nuestro pequeño ámbito. Es tan caritativa, que no rechaza a ninguno de los que piden su intercesión, por pecadores que sean; porque, como dicen los santos, “nunca se ha oído, desde el principio del mundo, que alguno haya recurrido a la Santísima Virgen con confianza y perseverancia, y haya sido defraudado”. Es tan poderosa, que nunca ha sido rechazada en sus peticiones. Ella solo tiene que presentarse ante su Hijo para rogarle: y él, en cuanto recibe, concede. Siempre es vencido amorosamente por las oraciones de su Madre queridísima.

Según san Bernardo y san Buenaventura, tenemos que subir tres grados para ir a Dios: el primero, el más cercano y el más acorde a nuestra capacidad, es María, nuestra Mediadora de intercesión; el segundo es Jesucristo, nuestro Mediador de la Redención; y el tercero es Dios Padre.

Pero, ¿por qué es tan difícil conservar en nosotros las gracias y los tesoros que hemos recibido de Dios? Porque tenemos este tesoro en recipientes frágiles, en un cuerpo corruptible, en un alma débil y cambiante. Pero, nos preguntamos, ¿de dónde viene este extraño cambio? ¿No fue por falta de gracia? No, sino por falta de humildad, de creernos más fuertes y autosuficientes de lo que somos, capaces de custodiar solos el propio tesoro, confiando solo en nosotros mismos. Es por esta excesiva confianza en nosotros mismos que el Señor justísimo permite que nos roben, abandonándonos a nosotros mismos.

Si hubiéramos conocido la admirable devoción a María, habríamos confiado nuestro tesoro a esta Virgen poderosa y fiel, que nos lo habría guardado como propiedad suya, e incluso lo habría convertido en un deber de justicia. Es la Virgen fiel, en quien la serpiente nunca ha tenido parte, quien realiza este milagro en favor de quienes la aman de una manera hermosa.

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